La tecnología se puede usar de muchas formas. En principio los avances tecnológicos sirven para proporcionar a la humanidad progreso, y eso debería ser positivo. El problema viene muchas veces por el mal uso, y otras veces por el abuso.
Recientemente, un artículo publicado en el diario El Mundo –No, tu hijo no es un nativo digital-, nos avisa de que las generaciones etiquetadas como nativos digitales -digamos que los nacidos en 1990 y años posteriores- no son tan conocedores de la lógica interna de la tecnología como cabría esperar. Según este trabajo, el uso que dan los adolescentes a los dispositivos digitales es superficial y limitado a una serie de operaciones sencillas, principalmente en redes sociales, YouTube y Whatsapp. No servirá aquel artículo, ni este, para cuestionar la bondad de la preparación de generaciones enteras, ya que el conocimiento que se ha de poseer hoy en día para desenvolverse en el mundo es cada vez más amplio y complejo.

Pero sirve de llamada de atención sobre el déficit que se puede producir, y se está produciendo, en las vocaciones tecnológicas en nuestro país si se da por supuesto que los estudiantes nacen sabiendo lo que es un computador por dentro, desde el transistor al sistema operativo, pasando por la programación, y no se les da la formación adecuada. Una gran compañía tecnológica global puede alegrarse de tener muchos usuarios potenciales y pocos competidores en su terreno, pero nuestra sociedad no puede permitirse quedar relegada al papel de espectadores, de usuarios pasivos. Cuando era un escolar, tuve la suerte de disfrutar de un extraño juguete, un computador personal –ZX Spectrum– con el que una parte no tan pequeña de mi generación nos aficionamos a la programación y a la tecnología.
Era como romper amarras con el tedio de los objetos cuyas posibilidades venían definidas de serie, y a la vez asomarse a una ventana de un universo en construcción, jugando a anticipar lo que los años posteriores traerían. La mayoría de estas predicciones fueron superadas con el tiempo, pero una de ellas no se llegó a alcanzar: creíamos que en los colegios la programación acabaría ocupando el mismo lugar que las matemáticas o la lengua. Al fin y al cabo es una mezcla de ambas cosas. Con honrosas salvedades, mi temor es que el proceso haya sido el inverso. La tecnología se ha ocultado a sí misma y ha expulsado fuera de las bambalinas a gran parte de la población que acepta con agrado el cómodo sillón de espectador. No ha sucedido así en todas partes. En países como Singapur las tecnologías se aprenden desde muy niño y las escuelas reciben un apoyo decidido de las administraciones. Y nosotros, ¿llegaremos alguna vez a despertar de esta ilusión?
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